lunes, 10 de noviembre de 2014

La vida es un palacio de payasos

En el 1604 Averastorius escribió su tratado definitivo, el Ars Defenestrandum; luego murió por envenenamiento con mercurio, nunca lanzó a nadie de una ventana. El problema es que para entonces aún no se habían inventado las ventanas y el tratado operaba algo así como una profecía, a la vez que un manual pedagógico. Su lectura tenía ya bastantes inconvenientes con el estilo enrevesado y oscuro de Averastorius, como para que los pocos ilustrados de la época quisieran leer y copiar a mano (puesto que es previo al invento y masificación de la imprenta) un manual acerca de la manera correcta de matar gente aventándolos desde objetos que aún no eran fabricados. Gran parte del disfrute y comprensión del libro dependía de la aceptación del tenet Averastouriano, mucho más sorprendente y descabellado para la época de lo que hoy puede parecer, acerca de la existencia futura de la sílice cristalizada obtenida a 1470ºC.
Como era de esperarse, los savants de la época lo encontraron inadmisiblemente absurdo y por tanto no queda rastro hoy en día de obra alguna firmada por Averastorious. Éste escribió a su vez un par de obras menores, ambas apuntando hacia la matematización de la moda, en un pasaje célebre del Ab utili della probabilitatem in posterus calcei amplitudo predijo con una precisión estremecedora el revival de los zapatos masculinos con plataforma en la década de la onda disco. Eso sí, falló en preconizar el advenimiento de los hippies, presumiblemente porque estos tendían a no usar calzado.
Estaba exponiendo lo anterior tranquilamente, a modo de introducción de mi conferencia de Estructura y Función de las hormonas Glycoproteicas, hasta que airado, un pequeño profesor calvo, con la cara enrojecida (o enmoradecida) hasta el punto de hacerme sospechar que atravesaba por cierto grado de hipoxia, me interrumpió gritando que yo era un farsante, y que me aprovechaba de la falta de conocimiento en historia y humanidades de los presentes para derrochar su tiempo haciéndolos escucharme inventar tonterías. Naturalmente mi primera reacción fue reír a brazo tendido, porque jamás había escuchado tal argumento de que alguien pudiese "aprovecharse de la falta de conocimiento en historia y humanidades de alguna otra persona", siendo más típico escuchar ese objection respecto a la ignorancia de los historiadores y humanistas en matemáticas, o alguna "ciencia dura", y también me dio risa porque confieso que no tenía ni idea de qué significa la palabra "humanidades", más allá de haberla visto en la inscripción oxidada de bronce arriba de la facultad de "Filosofía y Humanidades", todos los días que pasaba rengueando a mi curso optativo de Semiótica en la dependencia de Lingüistica. Cuando, por el eco de mis carcajadas en el silencio del auditorio, o quizá por el rostro cada vez más enmoradecido de nuestro piccolo nemico, caí en cuenta de que su interrupción conllevaba una crítica honesta a mi exposición introductoria, me sentí algo nervioso, hice muecas involuntarias, hablé atropellándome a mí mismo mientras mi frente y palmas sudaban profusamente, e intenté darle a entender a la audiencia que soy un tipo algo introvertido y que no podía confirmar ni refutar lo dicho por el petit homme que me interpeló, pero que sí podía hablarles de los azúcares constituyentes de los oligosacáridos, como la D-manosa, D-galactosa, L-fucosa, el ácido neuraminico N-acetilo, la D-glucosamina y la D-galactosamina, señalé, como hicieron Pierce y Parsons en su novísimo artículo, que estas últimas son N-acetiladas; o están N-acetiladas, esa disgresión no es trivial, dado que en el paper original se utiliza el verbo "to-be", en su conjugación indicativa en presente "are", lo cual, en la mayoría de los idiomas puede significar tanto que "es" (como propiedad intrínseca constitutiva del referente) o que "está" (como propiedad situacional o "de estado" del referente), y que dicha discriminación sólo puede ser realizada en función del contexto, del juego de lenguaje que se está ocupando, como diría el buen Wittgenstein, ahí tuve que parar, porque ya los abucheos eran tan fuertes, que ni me dejaban escuchar mis propios pensamientos, y debo confesar que dependo de estos últimos para seguir el hilo de las ideas que intento comunicar. Por suerte, lo que intentaba comunicar no era muy interesante ni muy relevante, así que desistí de buena gana.

Después del fracaso de mi conferencia, en el coffee-break, decidí tener un pequeño incontro con il mio nemico, il piccolo professore, quién sabe si motivado por la curiosidad, o algún extraño ánimo de Vendetta del cual Herr Freud no me previno a tiempo. Meinem unbewussten sagt nichts dazu.
- Bonsoir, gute Herr.
- Buenas tardes- Me responde lacónico, no sin visible molestia.
- ¿Puedo preguntarle qué le causa tanto desagrado?