De vez en cuando; a veces porque hace demasiado calor, a veces porque me siento muy mal y a veces simplemente porque quieren, ellos me visitan. No sé qué o quienes son; pero tengo mis teorías al respecto.
Creo, por ejemplo, que no son humanos, tal vez porque traspasan las paredes y a veces hasta ignoran el tiempo, un segundo están y al siguiente no tanto y de pronto simplemente ya no, o acaso nunca dejaron de estar ahí. Creo, y poco me importa ya equivocarme, que son ángeles.
Hace un mes que estoy acá, o tal vez cinco, o ya son tres años; no lo sé. El tiempo parece transcurrir bajo reglas diferentes cuando te encuentras totalmente inmovilizado, excepto por la mano que suplica; a ratos en vano; morfina presionando compulsivamente un botón. A ver si así el dolor decide olvidarse de que existo un momento. O todos los momentos posibles; que cada vez son menos. Alarmantemente ya no le noto la diferencia; mucho dolor termina siendo igual a poco dolor y peligrosamente similar a nada de dolor; después de todo el techo sigue siendo blanco, la comida sigue siendo insípida y mi cabeza sigue permaneciendo horizontal, paralela al suelo sobre el que una cama de hospital me ha mantenido cautivo estos últimos meses.
En un comienzo llevaba cierta aproximada cuenta de los días, marcados por mis amigos, mi familia y mi novia; quienes las primeras veces aparecían en esta habitación esgrimiendo un abatimiento desesperanzado, no oficial, pero de todas maneras notorio; con el ánimo quebrado como a ratos la voz, involuntariamente sombríos al tocar ciertos temas y en algunos casos esquivos para responder en general; luego; creo que a la semana - o quizá al mes- de estar postrado, pude percibir un cambio radical que operaba en todos ellos, tal como si se hubieran puesto de acuerdo tácitamente, cada uno por su cuenta fue hablándome con un entusiasmo irracional, casi eufórico, sobre nimiedades que buscaban contagiarme, empaparme de algún optimismo que dolorosamente yo ya solo podía identificar como lejano a mi condición: "hubieras visto el partido, goleada, nada que hacer, campeones indiscutidos; el próximo año si o si, la celebramos contigo lo quieras o no", "pasé de curso, tercero medio amor, un año más y ya no queda nada, nos iremos a vivir juntos" "¿Por siempre?" "Ni se te ocurra dudar de ello". Hasta que las promesas no fueron más promesas para mí, despojadas de todo atisbo de realidad, no sonaban más que a mentiras estilizadas, bonachonas, piadosas, pero mentiras al fin y al cabo.
Cuando de pronto mis seres queridos ya no fueron más mis seres queridos; no me acuerdo con exactitud de la fecha por la que dejaron de venir, pero sí de esa sensación omnipotente de olvido que todo lo corroe, que todo lo hace ajeno; de esa costra de indiferencia que empezaba a recubrir mis afectos producto del desuso, asfixiándolos lenta y pausadamente ante mi recuerdo: primero mis papás, luego mi novia y por último ellos, mis amigos, lo que me resultó más doloroso que todo, porque no hay que compartir sangre para querer a alguien como si su vida estuviera inexorablemente unida a la tuya hasta el final. Más que cuando dejaron de venir; cuando dejó de importarme, de algún modo u otro intuí que se acercaba mi final.
Al poco tiempo aparecieron, no sabría precisar cuánto pasó exactamente entre que dejé de ver caras conocidas y empecé a verlos, a ellos. Al sentir los primeros pasos que - después de más tiempo del que soy capaz de recordar - resonaban en el piso; cercanos; hice un esfuerzo sobrehumano por despegar mi cabeza de la almohada que la mantiene en dirección del techo despreciablemente verde, y para mi sorpresa, eran caras totalmente desconocidas, tres, muy cerca mío, todas testimoniaban las inclemencias que traen consigo los años cuando son demasiados; lo primero que pensé fue que alguna equivocación los trajo a mi habitación; que pronto se irían para encontrar a quien buscaban en alguna otra habitación de números parecidos; pero el más viejo de los tres, de rasgos finos pero severos, que parecían silenciar una amenaza, se acercó aún más a mi clavándome sus perturbadores ojos diáfanos y cansados, cayendo aparatosamente de rodillas a los pies de mi cama, en el ademán de quien viene a transmitir algo urgente, y enseguida empezó a susurrar a tropezones palabras incomprensibles muy cerca a mi oído, quise apartar la cara, mas no lo hice, pensé que podía deberse a que quería evitar ser descortés. No entendía qué me decía, y no sin esfuerzo logré acostumbrar mi oído a ese mal-modular enrevesado y comprendí que no era español ni inglés ni francés, lenguas que en alguna medida dominaba. Y ahí, mientras recibía inmóvil la retahíla de palabras del viejo, me vi imaginándome desde lejos, es decir, nos imaginé como un cuadro que uno aprecia a la distancia, un cuadro surrealista y desesperante donde yo, con toda la sangre revolucionada, que repentinamente huía de mi cabeza y se agolpaba violentamente en mis pies, esperaba con todas mis fuerzas desaparecer, que el pintor me borrase de la escena estática y me introdujese en alguna acorde al dinamismo en el que deseaba encontrarme; queriendo correr, queriendo temer, queriendo alejarme de ese anciano extraño que me hablaba en una lengua completamente ajena, algo que, como todo lo ajeno, resulta sin duda lóbrego y aterrador. Y que parecía no notar mi turbación en absoluto, que se limitaba a proseguir, en una proxémica alarmantemente familiar, su monólogo paralizante que explotaba como murciélagos abominables en mis oídos. A momentos sentía como sus labios desgastados e intemporales podían casi rozar los míos y ahí finalmente lo entendí: me quedaba quieto; no por deferencia o cortesía al viejo, qué más que alguna afectada ternura me causaba un pavor intrínseco, sino porque no podía moverme en absoluto.
Desde entonces, aparecían periódicamente; no siempre eran tres y no siempre eran viejos; noté que no bien abría los ojos - no sé si yo abría los ojos porque venían o ellos venían porque yo había abierto los ojos - al menos uno de estos seres hacía acto de presencia de algún peculiar modo que contravenía las leyes de la física y el sentido común. A veces se materializaban al frente, muy muy cerca mío y así como aparecían, desaparecían en menos de lo que dura un parpadeo; otras en cambio utilizaban como excusa para ingresar las puertas, que se trasposicionaban en lugares pactados, comunes a todos mis visitantes; apareciendo en la esquina izquierda de la pared perpendicular a mi cama, o bien, a medio metro del extremo derecho de la pared que se erigía a mi derecha, se abrían y me advertían así, que ellos - y no otras posibles visitas que aprendí a esperar sin esperanza de que aparecieran, por la mera costumbre ociosa de hacerlo - estaban a punto de hacer acto de presencia en la ahora olvidada habitación de este pabellón de oncología en la que me encuentro, entonces no me era más sorpresivo el que emergiesen tímidos, tras aquellas puertas que ostentaban una posición espacial errónea; taciturnos, durmiendo con los ojos abiertos el eterno sueño que sucede a la vida; y dos caracteristicas me garantizaban que eran ellos siempre los mismos: el susurrar ese dialecto enrevesado, y ese olor infalible a licor que despedían prodigiosamente que me delataba su presencia sin necesidad de verlos, únicamente por el hedor que despedían sus cuerpos inmateriales. Aunque a decir verdad esto no era necesario ya que ellos tenían la manía de sólo aparecer cuando yo tenía los ojos abiertos y me encontraba absolutamente paralizado.
A veces sobreponían sus manos contra mi cuerpo; o hablando con mayor propiedad, lo traspasaban, acariciaban formas que no eran las mías sólo que sobre o entre las mías, discrepando con mi anatomía, sin coincidir demasiado y a veces, podía ver claramente, no sin pavor, cómo sus dedos se hundían a la altura de mi nariz o mi boca y reaparecían a la altura de mi cuello o mi frente; siempre describiendo grácilmente la misma figura.
Por el tiempo en que empecé a verlos, solía pasar largas horas imaginándolos, jugaba con sus edades y sus sexos, que siempre eran diferentes; pero por sobretodo me empecinaba en dilucidar cómo se vestían, ya que no había visto a ninguno más que de cerca, con sus caras siempre andróginas a escasos centímetros de la mía, eclipsando mi visual y mi posibilidad de asimilarlos como entes completos, de otorgarles cuerpos razonables a esos rostros empecinadamente indefinidos que flotaban fértiles en mi imaginación. ¿Usarían túnicas blancas? o acaso estarían desnudos, ya que pensaba que difícilmente podría uno conservar - o querría uno conservar- los ropajes, una vez muerto. Sostenía ociosamente esos debates tan encarnizados como inútiles conmigo mismo; que si yo muriese, y me viese forzosamente ligado a este mundo aún después de fallecer, me sentiría sino más libre, más divertido - y por ende la pena se me haría más llevadera- al pasearme desnudo, tal cual amanecí - sin darme cuenta o reprobarlo- un improbable día en este mundo, mientras asusto e intrigo a la gente para matar el tiempo o a la espera suplicante de que éste me "mate" a mí, o bien mientras busco que las personas enmienden su camino o lo que sea que los fantasmas, no muertos o ángeles hagan.
Nunca olvidaré la primera vez que los vi por completo, un día simplemente abrí los ojos y me encontré sentado - y no echado -, y cómo si no fuera suficiente sorpresa, podía moverme; acto seguido entran -o más bien aparecen - dos de ellos, ignorando la pared verde tenue de concreto a mi derecha, ambos son hombres - siesque los inmateriales tienen sexo, claro - y llevan el pelo largo y suelto. Ya conocía de sobra sus caras, entonces decidí armarme de valor y mirar hacia abajo, lenta y ávidamente, ambos de camisa blanca, porfín sería definitivamente develada la interrogante, uno usaba un chaleco de cuello en "V" de alguna lana gruesa, iba completando los bosquejos mentales que hacía de ellos, ambos con cinturones de cuero y de pronto, atónito, me sentí exclamar:
- ¡Puta madre! Los ángeles usan falda...
Escocesas, a cuadritos, una era verde con rojo y tonalidades derivadas; mientras que la otra, supongo más formal, del inmaterial más viejo, era de un austero negro con gris y de cuadros más grandes. Al exclamar esto y sin salir de ese estado de estupor generalizado, me percaté de un par de cosas más: que era la primera vez que llevo en mi memoria la cuenta de haber hablado - y diría que en toda mi vida, si no fuera porque tengo recuerdos difusos de haberlo hecho en algún pasado que ya no me era más familiar, siesque esos recuerdos son reales y no inventados, en los cuales tenía una novia, amigos y alguna enfermedad terminal que me tenía postrado e inmovilizado por el dolor calcinante - y que nadie en la habitación parecía haber escuchado lo que - estoy seguro- exclamé a toda voz, o en todo caso nadie de los presentes en aquel momento me tomaba atención; ambas eran posibilidades notoriamente malas y opté por ignorar deliberadamente esta información, por mi sanidad mental, digo yo.
Sin embargo, al rato de reflexionar - sin poder evitarlo ni distraerme - sobre el asunto, noté que no sentía ni un ápice de ese dolor sordo antes rememorado y que incluso, la palabra "dolor" resonaba vacía en mi cabeza, totalmente despojada de sentido. También pude retener en mi memoria - que al juzgarla cada vez más traicionera, trato de confiarle la menor cantidad de cosas posibles, sólo porsiacaso - la imagen estática de mi habitación - al no recordar ninguna otra, ésta, en la que alguna vez estuve contra mi más intima voluntad, pasa a ser mi habitación- en el preciso momento que los inmateriales de pelo largo y faldita entraron; la pieza era verde ténue - creo que debería ser blanca, o en su defecto, alguna vez lo fue- , había un doctor rubio al lado de la maquina a la que estoy conectado pero no puedo recordar en absoluto su rostro ni me hace sentido cómo puedo estar conectado, tampoco entiendo como pude estar sentado, con mi torso y cabeza casi en noventa grados de esta cama dura, si ahora ya no recuerdo más que haber estado toda mi vida paralelo al suelo. Tampoco sabría que músculos hay que ocupar para la intrincada y compleja sucesión de acciones simultáneas y consecutivas que llevan al cuerpo a modificar tan radicalmente su posición.
Despierto desorientado, siento sus brazos alrededor de mi cuerpo; no, no los siento. Sólo puedo imaginar la sensación que corresponde a estos, él no es de carne y hueso, es un inmaterial; pero prendido - o más bien superpuesto- a mi cuerpo se ve tan humano... No siento las lágrimas, que adivino cálidas, caer sobre mi rostro desde sus ojos diáfanos, no siento los movimientos de su mano contra mi cabeza que supongo buscan tranquilizarme, cómo acaricia mi pelo con una dedicación de vida, cómo puedo intuir un cariño confuso que me apena no sentir; de pronto olvido que es un ángel, un fantasma, una idea, algo o alguien que se encuentra en otro plano de existencia y me avergüenzo profundamente de no sentir lo que él siente sobre mí. De no conectarme con su dolor evidente, de ni siquiera entender sus palabras, de no poder recibir óptimamente esos sentimientos que se me antojan más puros, más verdaderos, sentimientos de ángel, directos y efusivos, pero libres de toda esa contaminación, esa prodigalidad envanecida y ese orgullo secreto que les conferimos los humanos que queremos creernos ángeles. Que queremos creer que sentimos.
En estos momentos soy presa de esa agitación que todos llaman miedo y de la cual yo ya no me acordaba, no sé porqué tengo miedo; pero todos acá, a mi alrededor parecen tenerlo y no es inverosímil que esa sea la fuente de mi actual pavor irracional. Veo difusamente cómo el doctor, dos médicos más y varias enfermeras corren de un lado para otro, fatigados, cómo en una frenética danza con la muerte, los veo luchar, los veo sobre mí, veo exageradas expresiones de esfuerzo impresas en sus rostros. Veo en un segundo plano a los inmateriales contemplar con humilde rebeldía el espectáculo desde múltiples puertas a la habitación a la vez, compungidos, ahora veo que no eran tres que permutaban su aspecto y voz; son cinco en total; todos con esa ridícula faldita que vista en ellos ahora me infunde un confuso respeto. Tres ancianos, un joven y una joven; ambos jóvenes son perturbadoramente bellos; vistos con detenimiento es fácil comprender el magnetismo tétrico que ejercen, todos en verdad, incluso los viejos no son ajenos a este encanto innato que expelen a su vez sólo que más débil.
De pronto todo el paroxismo y la confusión de la escena anterior ha desaparecido de golpe, o soy yo el que abro los ojos de manera inconexa, cuando ya todo ha cesado. Hay sólo un doctor y una enfermera presentes, no me son familiares; y los inmateriales claro, que siguen afuera. Sin prestarles atención el doctor se dirige a la enfermera en tono monocorde:
- Paciente, James Robert Thomas Mackenzie Hutton; setenta y dos años; causa; hemorragia digestiva por cáncer estomacal; hora del deceso; dos de la tarde con veintinueve minutos del dieciocho de abril del año...
La voz del doctor se va desvaneciendo progresivamente hasta apagarse por completo al éste abandonar la habitación a la vez que yo comprendo devastado; sin verme capaz de asimilarla, la situación. Resulta, que el único inmaterial acá, soy yo. Un adolescente anónimo que debió morir en la cama de una habitación de hospital diferente a ésta entre cinco y cuarenta años atrás; siesque no fue ésta misma habitación, que se vio en algún momento presa de una remodelación, lo que explica la inconcordancia de color y ubicación de las puertas entre la habitación de mi recuerdo y la que ahora mismo puedo ver con una claridad fatal.
Libre de la idea de postración que me mantenía efectivamente postrado, me incorporo; y libre de la costumbre de la gravedad que ancla sólo a los vivos; me elevo en el aire y giro todo mi cuerpo hacia donde antes creía yacer irremediablemente, entonces vi a un anciano lívido, cuya vida no debía haber escapado muy lejos del cuerpo todavía, tan escoces como mis fantasmas, tan real como mis mentiras, tan difuso como mis recuerdos. Entonces, la historia que sobrevive encerrada en mi memoria acaba correspondiendo a la de alguien que creía en los ángeles con falda y en que las personas son capaces de olvidar por completo. Alguien que creía seguir vivo y sufriente aún mucho después del fin de su calvario. Alguien como yo; y debo confesar que hay veces en las que me siento tentado a creer que ese alguien de quién hablo, en verdad soy yo.
Aunque el tema es recurrente, es una historia triste. y me dejó un nudo en la garganta. Buen trabajo.
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